Tengo una obsesión un poco extraña.
La arrastro desde que tengo memoria, aunque nunca supe bien de dónde viene.
Solo sé que me funcionó.
Y que a los equipos con los que trabajé, también.
La obsesión por las ideas.
Esa pasión me llevó al mundo de la publicidad, donde trabajé durante ocho años como creativo para decenas de marcas.
Pensaba conceptos, posicionamientos y formas de conectar.
Con el tiempo, entendí que esa misma forma de pensar también servía para otras cosas.
Así fue como terminé analizando productos digitales en una empresa de videojuegos, usando datos para entender qué funciona, qué no, y por qué.
No sé si soy analista con alma de creativo.
O creativo con hambre de entender por qué algo funciona.
Lo que sí sé, es que suelo tener más preguntas que respuestas.
Lo mantengo tanto para la vida como para el trabajo, porque es ahí cuando empieza el crecimiento de verdad.
A veces dibujo y a veces escribo.