Los dos eran amigos de toda la vida.
De esos que crecieron juntos, salieron juntos, se casaron casi al mismo tiempo
y acabaron teniendo una vida bastante parecida.
Trabajo.
Pareja.
Hijos.
Recibos.
Responsabilidades.
Contrató su seguro de decesos.
No porque fuera pesimista.
No porque estuviera pensando en morirse.
Ni porque le sobrara el dinero.
Lo hizo por una razón mucho más simple:
porque entendió que hacerse adulto también es hacerse cargo de ciertas cosas antes de que exploten.
El otro no.
El otro siguió diciéndose lo mismo que se dice mucha gente en sus cuarenta:
“Soy joven.”
“Ya lo veré luego.”
“Todavía estoy en la póliza de mis padres.”
“Ahora tengo otras prioridades.”
Y claro.
Como no aprieta.
Como no urge.
Como no apetece pensar en eso…
se va dejando.
Porque cuando falta alguien, no solo aparece el golpe emocional.
Aparecen también los trámites.
Las llamadas.
Las decisiones.
Los papeles.
Y la factura.
Y ahí es donde casi nadie piensa a tiempo.
Porque una cosa es decir “ya me ocuparé”.
Y otra muy distinta es que, de golpe, tu pareja tenga que preguntarse de
dónde saca 5.000 euros para cubrir un servicio de decesos, justo en
uno de los peores momentos de su vida.
¿De verdad ese es el marrón que quieres dejar en casa?
¿De verdad quieres que tu pareja tenga que ponerse a resolver dinero,
gestiones y urgencias justo cuando bastante tiene ya con lo que tiene?
Eso no es amor.
Eso no es responsabilidad.
Eso no es “ya lo arreglaré”.
Eso es simplemente dejarle el problema a otro.
Y no te lo digo para meter miedo.
Te lo digo porque mucha gente sigue pensando que un
seguro de decesos es “una cosa para mayores”.
Y no.
También es para gente de 35, 40 o 50 que ya tiene familia, pareja o personas que dependen de ella.
Este seguro no es para todo el mundo.
Es para personas que entienden que querer a su familia no es solo sentirlo.
Es para quienes no solo dicen “los míos son lo primero”, sino que actúan en
consecuencia cuando toca resolver algo incómodo.
Gente normal.
Con una vida normal.
Con gastos normales.
Con hijos, padres mayores o una casa que sacar adelante.
Gente que entiende que hay cosas que más vale ordenar antes.
Y que, además, muchas veces puede hacerlo por bastante menos de lo que imagina.
A veces por lo que cuesta un cubata al mes.
Así de simple.
No estás pagando “por si acaso”.
Por no cargar a los tuyos con gastos que no esperaban.
Por no obligar a tu familia a resolver deprisa algo que podrías haber dejado resuelto vos.
Y además, según la póliza, también puedes contar con cosas que la mayoría no espera,
como coberturas de viaje o servicio odontológico.
Pero no nos engañemos.
La razón de fondo no es esa.
La razón de fondo es mucho más importante:
quitarle peso a tu familia cuando más lo va a necesitar.
Si ahora mismo estás pensando:
“Bueno, pero ya estoy en la póliza de mis padres…”
“Ya tendré tiempo…”
“Esto lo miro más adelante…”
entonces probablemente seas justo la persona que debería revisarlo hoy.
No dentro de seis meses.
No “cuando baje todo”.
No “cuando tenga un rato”.
Hoy.
Porque muchas veces no se trata de hacer algo enorme.
Se trata simplemente de dar un paso pequeño, pagar muy poco al mes
y dejar resuelto algo que, si no lo resuelves tú, lo acabará resolviendo otro.
Y seguramente en el peor momento.
Te explico cómo funciona.
Te digo si tiene sentido en tu caso.
Y si ya estás en otra póliza o sigues cubierto por la de tus padres, también lo revisamos.
Sin líos.
Sin tecnicismos.
Sin presión.
Aprovecha que es gratis.
Pronto dejará de serlo.
Escríbeme por WhatsApp y lo vemos.












































